Pocas veces los integrantes de un ejercito saben por quien o por que luchan, su instrucción militarizada les dice que deben obedecer a sus superiores, obedecer sin mirar a quien; les importa el honor, el propio y el de su país. Piensan que por ello deben pelear, para defender lo propio o para enriquecer a los suyos, a su pueblo y a si mismos.

Eso es lo que escuchaba desde niña sobre la guerra, hasta que la realidad me golpeo. Ahora firmemente puedo decir que odio la guerra, repudio la violencia y sobre todo, me dan asco los altos mandos que dirigen a su gente a pelear por el enriquecimiento de unos cuantos, o por la seguridad monetaria de unos pocos, porque es a los “pobres a los que mandan a matar a otros pobres”, eso son, pobres personas que en sus manos llevan la muerte de otros; me importa poco que su iglesia les “perdone” sus homicidios de guerra, pobres seguirán siendo sus espíritus corruptos por la sangre ajena, y dirigidos por entes creados de la ambición y de la mentira, hasta el final de sus días, en el que, si no han visto ya la verdad, la muerte les regalara su última visión, la que cargaran por su eternidad.

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